Por Paola Aducci


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En una “conversa” en etapas, un poco virtual y otro presencial, se gestó una idea con mucha fuerza: la generación que nació en Dictadura tiene que Hablar. Tiene que poder contar cómo vivió esos años, esos recuerdos que fueron tomando forma y sentido en la adolescencia y forjando las convicciones de la adultez. A veces ese vínculo con la dictadura no es tan directo. A veces es un eco que resuena en alguna conversación con vecinos, o en la escuela. A veces tiene más presencia como un fantasma que sobrevuela sin una forma corpórea clara. En otras, hay miradas, manos que se frotan nerviosas, gestos que dicen mucho. Es ahí parte de mi historia
Argentina ganó su primer mundial y con los últimos fríos del invierno, llegué yo. Transcurrieron prácticamente 3 años del Golpe y aún restaban casi cinco.
“Jugar sin hacer ruido” es una de las consignas que más recuerdo. Se entrelaza con otras, como las escondidas en el ropero; con ese gesto del dedo índice sobre la boca y el sonido “Shshshs” . Luego la consigna: quedarme escondida para «que (ellos) no pudieran encontrarme”. También, recuerdo las risas en reuniones familiares porque me quedaba dormida y no respondía a los llamados.
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Papá siempre estaba en casa. Excepto que salgamos a pasear o vayamos a buscar a mamá al hospital. Pocas contaban con el privilegio, aunque también generaba cierta extrañeza. Decían que estaba enfermo, pero no estornudaba y tampoco estaba todo el tiempo en la cama. A veces, las palabras se trababan en su boca y una gesto de impotencia y enojo se apoderaba de su rostro. Creamos un nuevo juego, adivinar qué quería decir. Lo único que daba indicios de la “enfermedad” era que poseía “una caja de remedios” que nadie podía tocar y eran un montón. Una mini farmacia. desde el redoxon de la mañana que compartía conmigo, hasta pastillas rosas que estaban totalmente prohibidas porque eran para «los nervios». También se sumaba a la extrañeza largas horas en la oscuridad, “descansando”.

No hay comprobación científica que esas detenciones en dictaduras, demoras en comisarías, apretadas (como le dicen) con sus respectivos golpes fueron la causa primaria de la devastadora enfermedad. Tampoco nada que pueda negarlo. Esa escena, con diferentes finales, fue parte de esa infancia de escondidas, de silencios, gestos cómplices y olor a humo.
En casa hay una parrilla con forma de casita. Hecha de concreto pero con una técnica italiana que imitaba a la madera. Parece una casita en el bosque con mucho espacio. La parte inferior ofició de cucha para los perros y también de casita de juegos. Pero en mi infancia había días que era una hoguera. Se quemaban papeles sin hacer asado. Y cuando se hacían asados también se quemaban papeles que no era diarios. Son las marcas innegables de la construcción de una memoria imborrable.
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Se sumaron aprender ubicación de salidas de emergencias y baños en bares y restaurantes, además de nunca elegir las mesas cerca de las ventanas. Son tan solo algunas de las enseñanzas que, entre recuerdos, imágenes y hasta ensoñaciones compartimos con mi hermana. Pero nada generaba más controversia que las técnicas de escape ante un ataque. Una especie de entrenamiento disfrazado de juego. Algo raro en un mundo aparentemente seguro. La actualidad demuestra que el horror sigue acechando. De algunas cosas nunca sabremos la verdad. Como la vez que por hacer una cadena con cables entrelazando nudos de marinero “se le escapó” que aprendió hacerla en la cárcel cuando estuvo detenido. No fue por ladrón, pero del tema no se hablaba más. Tampoco del rol de mamá ayudando a compañeros con recetas médicas. Memorias auditivas borrosas sobre teléfonos intervenidos, de “topos”, “servicios”, etc. Los muertos se llevaron muchas palabras no dichas y los vivos se las tragaron cayendo en un agujero del olvido.

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