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La muerte de Ursula K. Le Guin (Berkeley, 1929) deja a la ciencia ficción sin su maestra indiscutible y a los millones de lectores que la adoraban huérfanos. La autora falleció a los 88 años, en su casa de Portland (Oregón, EEUU). Ninguna otra mujer ha significado para el género tanto, ni le ha aportado tanto como la escritora estadounidense, autora de novelas absolutamente fundamentales y que permanecen imborrables en la memoria de sus lectores. La creación de Le Guin, se caracteriza por su interés por la antropología —que le vino de familia (sus padres eran científicos de esa disciplina) y por la dimensión ética de esta disciplina. Yendo mucho más allá de la ciencia ficción dura (centrada en lo tecnológico), ella nos llevó a planetas lejanos para reflexionar sobre nuestras sociedades, nuestra sexualidad o nuestras decisiones morales.
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La mano izquierda de la oscuridad’, es su novela, donde seres de un planeta llamado Inverno poseen potencialmente los dos sexos y puede hacer el amor indistintamente como hombre o como mujer, en función del estímulo que lo provoque. Luego cumplen el rol de padre o madre instintivamente. Reflexiona sobre el género y la identidad sexual, hay que considerar el momento que fue escrita, 1969, por entonces toda la cuestión de género era muy incipiente. De los hombres no se esperaba que entendieran a las mujeres y de estas, que no les hicieran frente. El protagonista, Genry Ai, es el diplomático humano que visita el planeta, enviado por un organismo llamado Ecumen, que representa a los mundos asociados. Es poco curioso en su observación de los habitantes del lugar y su desconcertante sexualidad, sin embargo no deja que ello lo incomode, no queda prisionero de su virilidad, si bien la situación lo interpela.
Cuando trata de explicarle a un alienígena hermafrodita lo que es una mujer, no puede hacerlo. El libro intenta trascender el género y mostrar que la esencia humana no está en el sexo. Su relato transcurre en un mundo sin guerras, esas que le dan a la humanidad su costado más violento en la búsqueda de más poder y control.
En la Tierra compiten unos con otros, en Inverno, las conductas y personalidades se complementan.

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Para los habitantes de este mundo irreal estas luchas crueles y sádicas por intereses, les parece primitivas y hasta incomprensibles. Allí en Inverno, la idea de la competitividad, de la necesidad de un jefe esta devaluada, todo es mejor con la colaboración y el trabajo en equipo. En la novela la civilización del planeta no es homogénea y en distintos lugares todavía hay grupo que la ejercen como mecánica de supervivencia social.
Queda implícito que respetan un código entre ellos. Si hubiera habido un encuentro sexual, se rompería ese misterio que los separa y los pone en una zona gris. Descubrirían sus profundas diferencias, perderían la cercanía que les fue tan difícil lograr. Este acercamiento se mantiene en una camaradería amistosa, cuya construcción fue superando prejuicios y malentendidos. El sexo los habría separado.
Estados Unidos era muy puritano para la década en que la autora se animó a igualar macho y hembra en un solo individuo, en una sola identidad. Fusionando algo que solo la lectura de un relato de ciencia ficción lo haría posible.
Como todo, la novela tiene buenos y malos, héroes y demonios, inteligentes y tontos, valientes y cobardes, pero lo que no tiene es varones y mujeres. Deja claro que la especie tiene la posibilidad de actuar como uno y como otro. Sin intentar explicar las circunstancias en que logran cristalizar esa alternancia, solo explica que es por estimulo de un otro, una conducta producto de la socialización cultural como disparador indispensable
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