Distintas culturas y religiones han concebido al hombre como campo de batalla de dos fuerzas que luchan por su hegemonía. En la cultura milenaria de Oriente: El ying y el yang; en la psicología Freudiana: la pulsión de vida y de muerte, y en los orígenes de nuestra cultura occidental y cristiana, el pensamiento mágico que ordenaba la razón nos puso a merced de la lucha entre dos actores irreconciliables: Dios y El Diablo
El Exorcista es una película basada en la novela homónima de William Peter Blatty, dirigida por William Friedkin en el año 1973. Nominada a varios Oscar y ganó en “Puesta en Escena” y “Sonido”. Linda Blair fue la poseída niña Regan; Ellen Burstyn: su madre; Jason Miller: el padre Karras y Max Von Sydow: el padre Marrin.
La película desde mi butaca
La película comienza con el anciano sacerdote jesuita, el Padre Lankester Merrin, dirigiendo unas excavaciones arqueológicas en el norte de Irak. Allí, el viejo estudioso encuentra enterrada una vieja estatuilla del demonio «Pazuzu» y siente que por alguna razón deberá enfrentarlo nuevamente.
Regan MacNeil es una niña que vive con su madre, una actriz famosa, en el barrio de Georgetown (Washington D. C.) y comienza a experimentar ciertos síntomas extraños. Al mismo tiempo su madre cree escuchar ruidos de ratas en el altillo. Todo comienza a desencadenarse cuando Regan, una noche y en medio de una reunión social, aparece en pijama y orina en medio del living sin pronunciar palabra alguna. De allí en más, le suceden terribles cambios físicos y mentales y la rodean una serie de fenómenos paranormales.

La total impericia de médicos y psiquiatras en encontrar un diagnóstico certero, conduce a la actriz a buscar un Exorcista. A partir de este punto de inflexión, la intensidad se devorará todo lo que sigue. El Padre y psiquiatra Damien Karras, es el elegido para el intento de intervención. Todavía atraviesa un luto, con culpa, por la reciente muerte de su madre, pero ante la desolación de la mujer acepta visitar a Regan, solo en su rol de psiquiatra.
El encuentro se hace en una habitación casi a temperatura bajo cero, con una Regan hablando diferentes lenguas; enajenada; contorsionando; vomitando y por momentos haciendo que todo lo que la habita, tiemble y vuele por los aires. Mientras tanto un experimentado policía investiga un aparente suicidio acontecido en la casa de Regan, el mismo día de la reunión social. Allí, un viejo amigo de la actriz cae desde una ventana y por una larguísima escalera, «como si hubiera sido empujado adrede”.
El Padre Karras decide solicitar del obispo de Georgetown permiso para efectuar el Exorcismo. Este lo autoriza y designa como ejecutor al experimentado Lankester Merrin, que ha regresado recientemente de Irak, Karras será su asistente. El prolongado Exorcismo pone a prueba a los sacerdotes, tanto física como mentalmente. La contundencia de las secuencias nos instala en el clímax del terror. La voz del demonio a través de Regan es amenazante con un dejo de burla incisiva y socarrona que parece tener el tono exacto de la muerte.

Hay en ese espíritu una malicia extrema dispuesta a dar pelea.

La madre y los dos sacerdotes se desgastan física y emocionalmente. El diablo se adueña de absolutamente todo y cada secuencia está en sintonía con ese poder. Todo se derrumba, la seguidilla de intentos por exorcizar a Regan preludian una tragedia que se agiganta visualmente hasta lo intolerable. El más anciano se queda solo por uno instantes y sucumbe al poder del demonio. Karras deberá tomar la posta en esta desgarrante lucha. Lo que finalmente sucede es una pelea cuerpo a cuerpo. El poder del mal se atrinchera, pero la fe y el compromiso del sacerdote son un muro que es difícil de destruir. El espíritu endemoniado decide tomar al cura y este en un momento de lucidez, se arroja por la ventana. Reagan, liberada de la posesión, llora en un rincón como la niña que es.
El exorcista es una larga y oscura noche en la que el alma de una niña pide auxilio, y el coraje y convicción de dos sacerdotes se animan a enfrentar a una fuerza inexplicable y totalmente fuera de control. La película construye el terror a partir de los efectos de Reagan poseída y de la actitud de todo un entorno que se desvive en esta lucha.La madre aterrada se entrega a una fuerza superior para liberar a su hija. Los sacerdotes entran a una habitación helada como lo será el mismísimo infierno y con temor se enfrentan al demonio. Esta aplicará todas sus capacidades, hablará como la madre del padre Karras, escupirá e insultará en otras lenguas al anciano sacerdote, nada lo hace trastabillar. El director crea una escenografía que hasta hoy es la mejor ambientación sobre la posesión: Hay frío, dolor y miedo. En los curas, se alternan rafagas de coraje, la niña tiene gestos que jamás giran a un grotesco.
El lugar es lúgubre y todos los personajes lo viven como un tragedia imposible de recuperar. En actitudes silenciosas, sus cuerpos transpiran el dolor que los agobia y es la marca que Friedkin quiso que su actores expongan y construyan. Una tensión quirúrgica que tiene secuencias de explosión y violencia alternada con una inercia y angustia que es derrota.
El exorcismo es un proceso y una lucha que se agiganta en cada detalle.Las actuaciones componen un ambiente de miedo silencioso y resignado. Un cuerpo poseído hace que los demás giren abatidos a su alrededor en pequeñas luchas momentáneas. El padre Karras es más que el bien, es la convicción de lo que debe ser y logra una actuación que no descarta recursos. Una dirección que es un péndulo entre el terror y una agonía sutilmente equilibrada. Una película que trasciende las creencias, todo está bien logrado, no hay regreso para el espectador desde que la puerta de la habitación de Reagan se abre y los dos sacerdotes inician el exorcismo.

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