Bartolo tenía una flauta
Bartolo tenía una flauta

Bartolo tenía una flauta

Dimensión  inadvertida

NO SE TRATA DEL LEJANO HAMELIN. SUCEDIÓ AQUÍ. EN PALERMO VIEJO

Bartolo tenía una flauta

por Orson Perez

Anticipándose a una otra frustración llamada Nuevo Código de Convivencia, un grupo de vecinos, intentó derrotar a la corporación travesti. Seducidos por un bizarro personaje, apelaron a lo sobrenatural. ¿Qué paso? Lealo ahora, o calle para siempre.

Esto se arregla con plata», dijo el anfitrión al grupo reunido en una casona de Palermo Rojo. Casi dos docenas de vecinos callaron. Eran las 22:45 de un cálido viernes de septiembre. Afuera, sobre Oro, arreciaban sapukáis, bocinazos y puteadas. Mientras el ulular desde allá abajo inundaba el living de Don Remigio en la planta alta, éste se preparó para hablar. –»Son años dando vueltas sin resultado. El gobierno dejará las cosas como están. Y el nuevo Código tampoco servirá para nada». –

«¿Porqué habla de plata Don Remigio»?, lo interrrumpió Margarita, la decoradora.

»En esta comedia hay diversos actores. Funcionarios, legisladores policías y periodistas , entre otros obtienen algo en qué ocuparse. Los hombres que mandan en nuestras calles, están en lo mismo. Nos guste o no, trabajan. Los clientes, reciben lo suyo. Los de las despedidas de soltero; el trencito con turistas; novios, parientes y favorecedores que asisten y colaboran, pasantes de droga, taxistas truchos, ciclistas, también.

Nosotros soportamos el sitio, y además ponemos: impuestos, paciencia, sufrimiento, aislamiento, etc. Los otros, sacan. Ahora les pido que abran sus mentes a una impensada posibilidad. Les aseguro que, a pesar del nuevo mamarracho aprobado en la legislatura, los travestis se irán de Palermo para siempre», terminó por fin don Remigio, de corrido y sin furcios.

»¿De cuánto estamos hablando señor?, preguntó un joven licenciado en administración.

»¿Cuántos somos?– inquirió sin responderle Don Remigio. Entre presentes y ausentes, pero con interés, sumaban 57 personas. »Hablo de 10 mil dólares, o sea 30 mil pesos. Si no me equivoco por cabeza son 527 pesos o algo así»–

»¿Para qué cosa?– graznó Osmar el peletero. –»Para que estos señores abandonen nuestro barrio»– contestó Remigio. Por unos instantes no voló una mosca. Desde la calle llegaba clarito el diálogo de otra transacción entre cliente y obrero sexual. Una vez más, todos escucharon: –»20 en el auto y 50 en el hotel. Ah, y con los tres no voy, ¿sabés corazón?»–

Nadie de los allí presentes hizo caso. Aquel anciano había logrado hechizarlos. A Don Remigio, un hombre grande que nunca había hecho mal a nadie, jamás, ninguno de los allí presentes le conoció macana alguna . –»Perdón señor, insistió el licenciado, qué obtendremos a cambio ?»

»Lo que teníamos antes de la invasión, contestó el dueño de casa. «Salir a la calle . Que nuestros hijos, o nietos, jueguen en la puerta de su casa. Volver a dormir sin sobresaltos, peleas ni griterios»–

«Si ellos se van, vendrán los ladrones, asesinos y secuestradores», balbucéo atemorizado Marcelo, el vidriero. –»Que yo sepa, –lo cortó Marcial, el dentista colérico– ya están entre nosotros. ¿O es que nuestra seguridad está en manos de esos mamarrachos »?

La señora Ana María levantó su mano. Profesora de inglés, ya retirada, Ana María era para sus vecinos, un monumento al sentido común. –»Su oferta parece tentadora Don Remigio, pero debe ir al grano.¿Qué estamos comprando? Si se trata de algo clandestino o violento…– la mujer se detuvo.

El timbre de la puerta de calle sonó y Remigio bajó a atender. Todos se miraron entre sí. Al parecer no faltaba nadie. «Debe ser mi mujer que viene a buscarme» dijo Nicanor, el timorato propietario de un bodegón cercano. Por la escalera venía subiendo el dueño de casa. Y no venía solo. Un desconocido lo acompañaba. De pelo corto, lentes negros redondos y barba prolija, el extraño vestía un moderno conjunto de saco, pantalón y polera negra. En sus manos tenía una especie de bastón, u objeto alargado. Algunos sospecharon que portaba un arma. Don Remigio y el recién llegado ocuparon el centro del salón.

«Señoras y señores, les presento a Bartolo, el hombre del pasaje Tupiza». Bartolo Musimesi era, en efecto, un natural del distante pasaje en los confines del barrio. Tenía 52 años y era músico. En sus buenos años fue primera traversa del Colón. Pero su momento había pasado. Ahora, Bartolo tocaba la flauta, y ante el asombro de los vecinos de Palermo Rojo, extrajo el instrumento de su oscuro estuche.

»Buenas noches –dijo sin tomar asiento– esta flauta traversa, realizada en una especial aleación de metales raros la conseguí hace años durante una gira, en un baratillo de Praga. Y les aseguro que no resultó una ganga»– La señora Ana María no pudo evitar una sonrisa. –»Supongo que ese lugar estaría cerca del pueblo de Hamelin»– Todas las caras giraron hacia la jubilada ex docente y noble viuda del inventor del periodismo telefónico. –Por favor, continúe– rogó la anciana tapándose la boca con una mano.

Musimesi se aproximó a una de las ventanas. Don Remigio la abrió de par en par y se alejó unos metros. El músico acercó la flauta a su boca e hizo sonar una atrapante melodía pastoril . «Esa canción me suena de algún lado», pensó Ana María. Luego, con un ampuloso movimiento de su brazo, el flautista del Pasaje Tupiza invitó a aproximarse al ventanal. Allí abajo, y casi todos pudieron verlo, dispuestos como en formación militar, había una veintena de travestis con la vista fija en la ventana. El silencio metía miedo. Don Remigio sintió un escalofrío al sentir la mirada de cuarenta ojos hechizados, ahí sobre Oro, a metros de su puerta. Una tonada diferente sonó a sus espaldas. Y por lo menos diez de los presentes vió cómo, sin darse por enterado, el grupo en la calle se dispersaba. Aquéllos equícovos personajes volvían a su tarea habitual en las calles de Palermo Viejo. «Como si nada hubiese sucedido» le confesó al que escribe uno de los presentes. Cuando tomaron asiento, y Francisca, la mujer de Remigio sirvió otra vuelta de café, el extraño volvió a hablar. –»Este instrumento tiene alguna clase de facultad mágica. Sin que yo sepa por qué, les aseguro que obedece mi voluntad. Don Remigio ya les habrá adelantado mi cachet». El nombrado tomó una vez más la iniciativa. –»Al principio les pedí que abrieran su mente a lo inesperado. No tenemos nada que perder. El señor Musimesi cobrará después de su trabajo, y no antes»– Nadie se apuró para contestarle.

»Que yo me acuerde, la historia del flautista de Hamelin terminó mal– se animó Marcelo el vidriero. –»Y no se trataba de personas, sino de ratas Don Remigio» –dijo Ana María– Como usted sabe –agregó con mirada seria– nuestros visitantes de ahí fuera son personas. Con preferencias diferentes, pero igual que todos nosotros. ¿No habrá pensado en que este señor los conduzca a un final como el del cuento».

«Amigo Bartolo, por favor» pidió Remigio. «Lo que este instrumento permite –dijo entonces el flautista–es conducir a ese grupo a otra zona de la ciudad. La que ustedes elijan. Y, en cuánto de mí dependa, allí se quedarán. Una vez que el trabajo esté hecho, volveré para cobrar mi cachet.Ustedes deciden.». Dicho esto, el músico saludó y se retiró.

Dos semanas pasaron los vecinos en deliberaciones. Hasta que por fin hubo unanimidad. Cuando llegara el momento, pagarían. Había que determinar adónde enviarían a los indeseables . Y otra vez hubo total consenso. El lugar elegido fue la vereda de Rivadavia al 500, donde funciona la sede del gobierno porteño.

Bartolo tocó su flauta

El último jueves del mes pasado por la noche, mientras regaba las plantas en su terraza, la señora Ana María reconoció a lo lejos la melodía que le había resultado familiar en la casa de su vecino. «Es ese tipo –dijo en voz alta- entonces el asunto es esta noche»– Uno de sus hijos que habia venido a visitarla y se quedaría a cenar , estaba subiendo la escalera de caracol. «Decime una cosa Nicolás –le preguntó – esta música la escuchaban ustedes hace años, no es cierto? El hombre de 48 años asintió mientras se esforzaba por recordar. «Es «Thick as a Brick» de Jethro Tull. Grueso como un ladrillo. Sí que me acuerdo. Es un temazo de los 70s. ¿Y quién está tocando? Es muy bueno. ¿Quién es? ¿un vecino?

Su madre no le contestó. Los dos se quedaron mirando cómo, por el Pasaje Zolá se encolumnaban decenas de travestis al son de la inusual tonada. Allí adelante iba el Flautista Bartolo Musimesi. Cada vez eran más, tantos que no podían contarlos. Rodearon la casa por Soler y doblaron a la derecha por Godoy Cruz rumbo hacia Paraguay. «Parecen zombis mamá…qué es lo que está pasando? ¿Hasta cuándo vas a soportarlo? ¿Porqué no te mudás de una vez por todas», preguntó su hijo. «Esta es mi casa y este es mi barrio. »,le respondió su madre aterrada y sin poder creer lo que estaba viendo.

Varias horas después, por la madrugada, el silencio no la dejaba dormir. Cerca de las 5, un sonido la despertó. Era una flauta. ¡Era esa melodía otra vez! Al asomarse por la ventana vio venir, de contramano por Godoy Cruz al flautista del Pasaje Tupiza. Y no venía solo. Lo acompañaba un ejército de transformistas.

En la vereda pudo ver que Don Remigio también estaba despierto, y ahora conversaba, en duros términos con su amigo Bartolo. La curiosidad pudo más así que, la señora Ana María se vistió y bajó. Cuando llegó a la esquina, los travestis habían tomado nuevamente el lugar.

«Pero Don Remigio, ¿qué pasó. ¿Por qué han vuelto?, le preguntó al ver que el flautista se iba con la cabeza gacha.

Su vecino estaba enfurecido, avergonzado y defraudado. «Tuvo que traerlos de vuelta. Me dijo que en su trabajo, sucede lo mismo que con los periodistas. Usted puede comprarlos, pero siempre habrá alguién que pueda pagar más. Y allá, adonde lo mandamos le hicieron una oferta, que Bartolo no pudo rechazar. Nuestro gobierno quiere a los travestis aquí». Con fastidio y resignación , Ana María veía cómo, a los alaridos, los travestis tomaban sus posiciones en cada centímetro de esas cuadras. –»Si se trata de dinero, quizás podríamos…»– Don Remigio se abrochó la campera para ocultar el piyama

y habló por última vez. –»No hay nada que hacer señora. No solo triplicaron nuestro presupuesto. Y para asegurarse, esos canallas le compraron la flauta».

Pablo Kulcar
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