Diluvio Poético 
Diluvio Poético 

Diluvio Poético 

Diluvio Poético 

Por Enrique Torrado

Fue un valorado y respetado periodista deportivo de la década del 40,escribió en medios gráfico como: El Diario, La razón, La Acción, La hora y El Mundo y Critica. Trabajo en radio El Callao junto a un jovencísimo Berbardo Neustad en un programa partidario de su gran pasión Racing Club. Fue considerado una de los precursores de la lucha contar los «mercaderes del futbol» como el mismo los llamaba. Falleció en la ciudad de Bueno Aires y en su barrio de San Telmo, el 24 de enero de 1951.

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Diluvio poético

Desde lo tiempos milenarios en que Salomón, quizás ansioso de un poderío más bello, arrancaba a su lira proféticos y bíblicos acentos, la poesía, supremo deleite espiritual, continuó floreciendo en todas las latitudes, bajo todos los astros y sobre el enigma de todos los mares del mundo.La ciencia del verso construyó el pedestal más sólido para sostener al bloque de la inmoralidad. Los poetas de antaño eran heroicos y sus nombres se encontraban grabados sobre el templo de los dioses.

Y no existieron, puede afirmarse sin temor a rozar los límites de lo ridículo, sacerdotes que practicaban con más desinterés y con más intenso fervor la religión que habían adoptado. Por eso sus versos perduran, cuanto más viejos más dulces, por eso sus nombres son como un consuelo para los que ansiosos de perfección y de belleza, vamos por el mundo añorando la edad divina en que todas las almas tenían un ruiseñor.

Ya en otra oportunidad, por cierto no muy lejana, me ocupé en estas mismas páginas de la pródiga labor de nuestros poetas, subsistiendo las causas se deben subsistir los comentarios. Si la campana dejara de vibrar, muchos olvidarían que los dioses aguardan ansiosos su retorno al sendero que abandonaron. Nuestra tierra, quizás por la belleza de su cielo, de sus paisajes o de sus costumbres por la felicidad incontaminada, es propicia, o se muestra propicia, vaya uno a saberlo, para que en ella hallen descanso los que vagan acariciados por las alas divinas del pájaro del ensueño creativo. Tan requerida realidad debiera conmovernos, si los soñadores que se detienen en nuestra senda fueran capaces de traducir con fidelidad los momentos oníricos de sus espíritus que debiendo revelar ansias de sed inextinguible de verdad y de belleza, se dejan seducir por los éxitos efímeros, pretendiendo creer que el arte poético es recién ahora lo que siempre debió ser.

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Ayer como hoy la vanidad de creerse poetas impulsa a muchos hombres buenos a ejecutar con el divino arte tan siniestras tragedias que el lector menos culto tiene a la fuerza que sentir repugnancia por esos poetas que desconocen el valor del ritmo y que se inspiran en los versos de los verdaderos trovadores. Por eso los versos de ahora nos traen recuerdos de versos que ya hemos leído. son versos sin alma, sin sabor, sin fuego, pequeños cartones al carbón en el que solo se adivinan algunos trazos que por ser originales, se tiene la certeza de que fueron calcados, paradojas que desconciertan, que aniquilan, versos cosmopolitas, mezcla de castellanos y de franceses, ingenuos remedios de Verlaine, de Darío y de Baudelaire, en una palabra, incesante flagelo del granizo que el libro que uno desea examinar. 

Los escaparates  de las librerías ostentan una enorme cantidad de libros.Y más de la mitad son de poesía. Como nunca se terminan de vender es sencillo encontrar  el libro que uno desea examinar. Es que el público lector desconfía de sus poetas, de nuestros extraños poetas. Los que copian no son poetas, tampoco lo son los que no saben amar y embellecer la vida. es precioso ser muy sensible, ser muy distinto a la generalidad, para poseer el dominio absoluto del verso. Rubén Darío es un ejemplo. Cesen pues, de gemir esas almas jóvenes que estando obligadas a darnos el fruto de un sano optimismo redentor se afanan en descubrirnos la grandeza de sus vidas, fingiendo una amargura, un dolor teatral, que no experimentan y que difícilmente llegaran a experimentar

Pablo Kulcar
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