Los incas eran unos importantes hijos de p…
Los incas eran unos importantes hijos de p…

Los incas eran unos importantes hijos de p…

En la primaria hice indiecitos de cartón. Aprendí que Colón llegó en la Pinta, la Niña y la Santa María; le rezó tres avemarías a los pocos que vivían en América, y después, no sé cómo, ocurrió una colonia de la que vino San Martín a liberarnos —¡viva la Patria! ¡Viva!-. Mis dibujos infantiles muestran a los indios contentos, dándoles la mano a los españoles e intercambiando bienes. Hablábamos de un descubrimiento , no de una conquista .

Conocí los hechos de 1492 bajo la caratula de “genocidio” cuando ingresó a la universidad pública, a la facultad de Ciencias Políticas y Sociales. Las aulas, tapizadas de carteles a favor del partido obrero y convocatorias a banderazos en solidaridad a Palestina, me presentaron a la empresa española como una que arrasó con el sistema solidario y ecológico que se sostenía en las tierras americanas. Previo a la llegada de aquellos barcos que en algún momento pinté con crayones y bolitas de papel crepe, en América Latina los nativos vivían en armonía y comunión. Fueron los conquistadores los que impusieron su Dios, exigieron su economía y sometieron a los indios a la extracción de oro y plata.

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A lo largo de los años, leí a sociólogos, filósofos e historiadores que explican cómo la riqueza del Viejo Mundo se construyó sobre lo saqueado en el monte Potosí. El patriarcado, por ejemplo, se inauguró con la conquista, porque si las mujeres vivían antes en comunidades sin distinción entre lo público y lo privado, fue la instauración del capitalismo lo que las circunscribió a la esfera íntima de la crianza de hijos y la dirección obligatoria del hogar. La contaminación, la discriminación y la pobreza les llegaron a aquellos indios felices por la fatídica ambición de los europeos. De la mano de programas académicos que me presentaron casi exclusivamente a Aníbal Quijano, Rita Segato y Eduardo Galeano, problematicé —esa palabra le encanta a los cientistas sociales de izquierda— todo lo aprendido en la primaria.

Solo que la forma en que se me enseñó aquel episodio de la historia americana no es “problematizadora”. Es, más bien, un problema.

Los incas eran unos h…de p…

El último octubre viajé a Cusco, capital del Tahuantinsuyo, el imperio más grande de la América precolombina. Solo entonces dimensioné lo enormes que fueron los incas: la extensión de su territorio, de casi 2,5 millones de kilómetros cuadrados, se hizo a base de rutas y caminos. ¿Saben lo que es construir, con la tecnología de aquel antaño, recorridos que cubran desde el sur de Colombia y Ecuador hasta Chile y el noroeste argentino? Tallar una piedra al estilo incaico, con las herramientas de hoy, tarda aproximadamente una hora. ¿Cuánto habrán tardado en aquel entonces? Tenga en cuenta que ni siquiera tenían ruedas para transportarlas.

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Las piedras encajan como un rompecabezas. No se usó ningún tipo de cemento en la construcción de muros. Fuente: Wikimedia Common

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La agricultura, la arquitectura y la estrategia política inca fueron complejas, y como toda cosa compleja, fascinante. Libraron batallas contra otros pueblos, y los incorporaron a su imperio con un mecanismo bastante similar al romano: permitiendo los rasgos menores de cultura local, pero obligando total sumisión al régimen y una significativa contribución económica. Cuando llegó Francisco Pizarro, el conquistador español, se encontró el imperio en plena guerra civil, liderado cada bando por dos hermanos que se disputaban el trono. De hecho, se presume que uno de los factores que hizo posible la conquista fue el momento de debilidad política que atravesaban los incas; de haber luchado como unidad, la penetración española hubiera sido incluso más difícil de lo que fue.

Y ese es el rasgo que la relación que recibí tanto en la primaria como en la Universidad ignorante: la estrategia que tuvieron que desplegar los conquistadores para hacerse con el poder. Las diferencias ideológicas en la construcción del pasado caen en la misma caracterización: nativos que vivían en un estado de espiritualidad constante, en simbiosis con la tierra y fornicación libre y desarraigada. No existía la propiedad privada, ni tampoco la noción de una identidad que trascendiera la comunidad; El mundo indígena, previo a la injerencia española, está cubierto con un halo exótico. Luego cada “bando” —los positivistas pro-españoles y los críticos decolonialistas— juzga si aquel estilo de vida era bueno o no. Pero la lectura parte de la misma génesis: unos indios infantiles que no pudieron contra los fuertes y tecnológicos conquistadores.

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Las diferencias ideológicas en la construcción del pasado caen en la misma caracterización: nativos que vivían en un estado de espiritualidad constante, en simbiosis con la tierra y fornicación libre y desarraigada.

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Limitar a los indígenas a un puñado de personas en taparrabos no solo es masacrar lo que fue un intricado orden social. También es mentir. A unos les sirve que el dominio español haya sido un fenómeno casi natural, producto de la superioridad cultural europea; a otros, el relato de que la paz reinante fue alterada por unos barbudos codiciosos es argumento para arremeter contra el capitalismo salvaje . Ni uno ni otro tienen razón. Pizarro y sus hombres diseñan un operativo bélico para hacerse con el Imperio; secuestraron y tras ocho meses de cautiverio asesinaron a Atahualpa, el emperador regente. Luego probaron colocando en el poder a dos descendientes de la nobleza inca como emperadores títere, que mantendrían la paz en el Tahuantinsuyo, pero responderían a las órdenes españolas. Con ello, se prueba que la dominación no era tan fácil: para aquietar los levantamientos, era necesario ofrecer a los incas la ilusión de que estaban siendo gobernados por los suyos.

Los españoles no llegaron a librar una contienda de “disparos contra honda”; Los incas tenían sus armas, sus caminos y sus estrategias bélicas. Previo al arribo de los barcos, sostenían un orden social basado en los impuestos, la construcción de redes, la total sumisión al rey —considerado una deidad— y la estratificación social. Existían las élites y los esclavos; los ricos y los pobres. Ellos mismos eran imperialistas. Pero los intelectuales de izquierda no lo quieren asumir de este modo, porque otorgarles a los incas el estatuto de poderosos implica reconstruir la conquista como una contienda en la que hubo ganadores y perdedores. Es más fácil lograr una premisa según la cual la conquista capitalista arrasó con la igualdad y riqueza común.

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El relato que se hace del pasado siempre es funcional al hoy: si en la Universidad se me enseñó que los indios vivían dopados de Ayahuasca y en conexión con el dios Inti, es solamente para concluir que el sistema capitalista es, además de desparejo, asesino y opresor. La izquierda sueña con una sociedad igualitaria, y como pensar en ello hacia adelante es muy complicado, ubica el Edén hacia atrás, en la América precolombina. Pero los incas también tenían sistemas de castas, eran machistas y belicosos. Unos reverendos hijos de puta; tanto como los españoles, tanto como los portugueses, tanto como cualquier sociedad compleja en donde haya un juego de poderes.

Complejizar para que interese

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Cuando a la curiosidad la sofoca la necesidad de una relación sólida y terminada, ocurren estas cosas: se limita a la oportunidad de un viaje o de un libro lo intricadas, escandalosas, déspotas y fascinantes que fueron las culturas que poblaron América antes de que América fuera poblada. Reconocerlas como tal no sirve ni a conservadores ni a marxistas. A los que hablan de la conquista como un desenvolvimiento natural de hechos —porque los indígenas eran parte de la flora y fauna, claro—, pintar la escena de una contienda violenta es atraer demasiado ruido a algo que ha de pasar desapercibido. A los militantes de izquierda, el halo de misticismo de las sociedades no capitalistas sirve como recurso narrativo para el juego del paraíso perdido.

Entonces la historia se seguirá contando así: aburrida en las escuelas, e insólita y resentida en las universidades. Los niños pintarán barcos y pensarán que el continente nació con su arribo. Y si estudian ciencias sociales, se harán piercings, beberán vermús tras disfrutar de un ciclo de cine under —¡abajo este gobierno, que desfinancia la cultura!—, y relatarán la historia de unos crueles y despiadados españoles, que por maldad sometieron a un montón de indiecitos free Spirit al trabajo esclavo.

Un brindis, querido lector: por los incas, que fueron tan malos como interesantes; por los españoles, que estaban explotando una nueva industria y lo hicieron ambicioso y bajo las reglas de su época; por el Nuevo Mundo, que dio origen a la única realidad que tenemos.

Por la historia, que se escribe desde el que la escribe.

Los incas se hubieran suscrito.

Pablo Kulcar
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